LAURA CASIELLES: “ESE POLIEDRO QUE ES LA VIDA”

On 24 diciembre, 2013 by Redacción Creatividad Literaria

Laura Casielles nos anuncia que la editorial sevillana Libros de la Herida ya está trabajando en su futuro poemario, el tercero, Las señales que Los idiomas comunes, Laura Casielleshacemos en los mapas, en el que nos cuenta que su paso por Marruecos está muy presente. Su primera publicación fue Soldado que huye (Hesperya,2008). En 2010, con Los idiomas comunes (Poesía Hiperión, 2010), recibió el Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal y un año más tarde el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández.

Quien haya leído alguno de sus poemas se alegrará de que en 2014 nos espere Las señales que hacemos en los mapas; y creo que también disfrutará de esta charla. Os invitamos a un tiempo de reflexión sobre la poesía.

¿Qué momentos eliges para escribir? O ¿qué te lleva a escribir?

            Elegir, lo que se dice elegir, no me parece que sea lo que me ocurre, al menos en el caso de la poesía. Más bien hay una imagen o una idea que sobreviene y que se queda ahí rondando y tomando forma hasta el momento (de lo más aleatorio) en el que una se dice: “voy a anotar esto antes de que se me olvide…” En cuanto a qué pueda ser lo que enciende esa chispa, pues cualquier de las cosas que vemos, vivimos o somos. Puede ser la alegría de una compañía esencial o la rabia de leer en el periódico algo sobre la nueva ley del aborto o sobre las vallas de Melilla; puede ser el terror ante la muerte o el asombro ante la vida; puede ser un golpe de ironía o una ola de dulzura. Algo que, para bien o para mal, parece que vale la pena rescatar del fluir incesante de los días para intentar dejarlo como suspendido en el tiempo, en un lugar que permita compartirlo, comunicarlo con otros.

 ¿Qué “trabajo”, “proceso” te lleva un poema? Desde la idea hasta que lo das por finalizado ¿qué pasos hay?

            Es difícil generalizar, no siempre se dan las cosas de la misma manera. Pero la mayoría de las veces lo primero que ocurre es que la idea del poema se me queda rondando un tiempo en la cabeza antes de que ni siquiera la anote. Pueden ser horas o pueden ser meses, pero ahí lo dejo, yendo y viniendo y poco a poco cristalizándose en algo. Hasta que en un momento dado, la configuración que toma la idea en palabras me convence particularmente, y entonces la anoto en alguna parte. Eso que se anota puede que sea apenas una línea, o puede que sea ya el poema casi completo. Depende. En todo caso ahí se quedan esas notas, reposando otra temporada. Hasta que un día -y esto ya sí que depende de la voluntad y la decisión- una se dice: “venga, va siendo hora de ponerse a trabajar”. Se sacan entonces las notas de sus carpetas y comienza una labor de cincel y de pulido. Completar ideas y complejizar sentidos, intentar cazar y borrar tópicos, sustituir palabras una y otra vez hasta encontrar la más precisa, leer en voz alta para jugar con el ritmo… Hasta llegar a una de las decisiones más difíciles, que es la de cuándo parar y considerar una versión como definitiva y poner el punto final (decía Valéry que “un poema nunca se termina, sino que se abandona”). Y ahí, otro momento también fundamental: el de pasar el poema o poemas a alguna gente amiga y ocupada también en esto de las palabras, que tienen la generosidad de pensar con una sobre lo escrito y volver a hacer en compañía ese mismo proceso de afinar el texto y llevarlo a lo mejor que se pueda hacer de él. ¡Un camino largo, como ves!

 ¿Cómo haces para que la persona-que-ha-de-buscarse-la-vida-eficazmente no se coma a la-persona-que-escribe-poesía-y-sueña?

            ¡Pero si son la misma persona! Inevitablemente… Una intenta hacer con su vida lo mejor que puede y sabe, y eso en mi caso pasa porque buena parte de mis ocupaciones estén ligadas a la escritura. No solo es la poesía: está también el trabajo periodístico, el de traducción, un proyecto de tesis doctoral, las tareas logísticas y de producción que tienen que ver con propiciar espacios y redes que den a conocer el trabajo propio y el de otras personas… Todo eso, y tantas otras cosas, son las muchas caras de ese poliedro que es la vida. Y en todas ellas está presente el esfuerzo, efectivamente, de que las exigencias vitales y las precariedades a las que nos condena este tiempo no se coman las ideas que apuntalan nuestra manera de ver el mundo. En ese sentido, cuando llega el momento (porque llega, claro) de dedicar tiempo y energías a esas otras ocupaciones que nos permiten cubrir algunas necesidades básicas, procuro tener en mente unos versos del poeta amigo David Eloy Rodríguez: “descubrí que la mejor manera de vivir / era no trabajar para el enemigo”. Para mí, eso se traduce a intentar no caer en aquello que no queremos ser, en aquello que no queremos hacer. Intentar (sea cual sea la ocupación, más o menos deseada, en la que andemos inmersos en cada momento) que lo que hacemos sea útil en alguna medida, responda a los valores en los que creemos, ayude a que la vida sea un poco más habitable para una misma y para los demás.

 ¿Está muerto en el siglo XXI, en cuanto a reconocimiento y editoriales, el poeta místico? ¿Se acabó ese tópico?soldado que huye

            No estoy del todo segura de que entendamos lo mismo por poeta místico… A mí lo que se me viene a la mente con esa palabra son los grandes maestros místicos, Santa Teresa de Jesús o Rumi. Esos poetas que nos enseñaron a mirar en lo hondo, a nombrar las cosas por su misterio, a emplear la palabra como instrumento para mirar mejor. Esos que escribieron que “todo lo que ves tiene sus raíces en el mundo invisible” o aquello de “nada te turbe, nada te espante, todo se pasa”. Ya ves que de muertos nada: ¡larga vida para ellos! Nos hacen falta.

He compartido con un amigo un poema tuyo uno que habla de situaciones cotidianas y que no rima; y me ha preguntado ¿eso es poesía? ¿Cómo se lo explicarías tú?

            Más que explicarle nada, mejor que charlemos, ¿no? Así me puede contar lo que es para él poesía, y ya veremos en qué coincidimos y en qué no. Porque definir la poesía no es solo muy complicado, sino posiblemente también un poco mala idea… ¿Para qué le vamos a poner puertas al mar? Lo más que yo haría en esa conversación con tu amigo sería contarle un puñado de cosas que a mí me llevan a decir de un texto (en el sentido amplio, no necesariamente un texto escrito) que es poético. Por ejemplo: que mire las cosas desde un lugar no evidente, que entre a explorar la hondura de lo real y su misterio, que dé la vuelta al lenguaje que emplea y le mire las entretelas, que nos lleve a sentir o nos ayude a pensar, que evoque y connote y sugiera más allá de lo que meramente dice, que abra una puerta.
Ah, y otra cosa que haría sería recomendarle a tu amigo un libro maravilloso, De la poesía, de T. S. Norio, en el que se dan un montón de pistas sobre las muy variadas cosas que puede ser la poesía y los muy variados caminos por los que se puede llegar a ella.

En tu poesía advierto una reivindicación de la naturaleza más pura del ser humano. ¿Ves en la poesía, en escribir poesía, una vía para hacer zoom sobre lo que realmente somos y que vamos perdiendo por el camino de la socialización? Planteado de otra manera: ¿Sirve la poesía para acercarse a lo mejor del ser humano?

            No creo para nada en la idea de que nos hayamos ido degradando desde una supuesta “pureza primitiva”,  y me inquieta la idea de que solo reflexionando individualmente y alejados de la sociedad se puedan alcanzar no sé qué verdades. Si existe tal cosa como una “naturaleza pura” de las personas, me imagino que tendrá que ver sobre todo con la comunidad, con lo que hace la gente junta. Otra cosa es que, dada la deriva histórica que ha tomado nuestra parte del mundo, las formas de socialización nos alejen irreversiblemente de lo real y de lo vivo para enredarnos en modos de pensar y hacer que se parecen un poco a un delirio colectivo. En ese sentido,  sí que creo que la poesía nos puede ayudar a hacer un “zoom” que apunte a sitios en lo hondo que tenemos desatendidos y nos permita mirar en detalle qué hay ahí. Pero también un “pause” que nos saque del acelere por el que nos dejamos arrastrar y nos sitúe en ritmos más propicios a pensar de otra manera. O un “rewind” a un momento en el que era posible tirar por otro camino. O, mejor todavía, un “pantalla grande” que nos permita mirar juntos para después pensar, al estilo de los cineclubs, qué se puede hacer.

Hay varias referencias a la posesión (mío, casa, propiedad) como algo negativo. ¿Te sientes propietaria de tus palabras?

            Más que a un empeño en contra de la idea de propiedad, a lo que quieren apuntar esas referencias es a una preocupación porque el sentimiento de posesión tiña las relaciones humanas. El deseo de poseer es capaz de convertir algo hermoso (el amor por una persona, el apego a un lugar, el disfrute de las tareas en las que nos ocupamos) en un cultivo de obsesiones, egoísmos y violencias. Y los mensajes que, explícita o implícitamente, nos dicen que eso es normal o incluso deseable, son continuos y omnipresentes. Frente a ellos, intentar nombrar la hospitalidad, la compartura, la amistad, la alegría, la libertad, el desapego, parece una forma de intentar acordarnos de que las cosas no tienen por qué ser como nos venden.

¿Publicar poesía es una cuestión de confianza en uno mismo? Quiero decir, hay a quien le avergüenza compartir sus poemas porque significa exponerse. ¿Hay que ser valiente, hay que tener un poco de ego…? ¿Qué aconsejarías a una persona con este complejo de “se-van-a-reir-de-mi”?

            Me da la impresión de que más que confianza en nosotros mismos, lo que nos falta a menudo es confianza en los demás. Estamos tan acostumbrados a que las cosas se categoricen como “bien” o “mal”, a que se midan por su utilidad o por su éxito, que no es de extrañar que nos cueste compartir algo en lo que hemos puesto nuestra verdad. Pero de eso se trata la poesía: de salir de esas casillas. Compartir un texto que se ha escrito no es entregarlo a juicio o pedir su clasificación, sino comunicar algo que nos parece importante, tender una mano para la reflexión, el encuentro y el diálogo. En un poema no estamos hablando de nosotros mismos, sino dando una ocasión a quien lo lee o lo escucha para pensar sobre sí o sobre el mundo. Claro que en ese sentido es importante pensar un poco en qué contexto o a qué personas se comparte lo escrito. A mí me es útil recordar aquello que dice el romance del conde Arnaldos: “yo no canto mi canción sino a quien conmigo va”. Saber quién va a escuchar desde la misma longitud de onda en la que una habla. Y entonces, confiar, sí.

A través de poetizar una duda, una pregunta, una queja o una impotencia, ¿llegas a una solución? ¿Ordenas tus ideas?

            “Ordeno mi caja de clavos”, escribía el poeta Carlos Edmundo de Ory… ¡Algo así, como mucho!

Dices la publicidad nunca es poesía. Lo cierto es que, sobre todo ahora en Navidad, hay un montón de anuncios que juegan a parecer poesía. ¿Qué te parece que planes de pensiones, coches y perfumes intenten ser poéticos? ¿Si los poemarios se llevaran a la televisión se venderían tanto cómo las colonias…?

            Bueno, lo primero aquí sería recordar que esos versos forman parte de un poema que se llama “Gramática de la relatividad” y que pretende, precisamente, reírse un poco de las certezas y de las cosas que se dicen con gran seguridad… ¡Así que ese verso lo último que quiere ser es un dogma! Pero sí que es su idea señalar al hecho de que la poesía es precisamente un uso del lenguaje que no quiere atar las palabras a ninguna posible utilidad u objetivo, sino más bien liberarlas un poco de su carga de connotaciones o del vacío en que las deja el pragmatismo con que a menudo se emplean en nuestra cotidianeidad. En un poema, las palabras tienen tanta amplitud de significado como queramos darles, y por tanto nos abren mundos, en vez de conducirnos hacia tal o cual sitio. Y eso es lo contrario al modo en que se emplea el lenguaje en la publicidad, o, más en general, en cualquier voz que hable desde el poder o desde el interés.

Leo que haces traducciones del francés y del inglés. ¿Otorga una mayor sensibilidad hacia el lenguaje aprender idiomas?

            Desde luego, lleva a su cuestionamiento. Embarcarse en la aventura de intentar hablar una lengua distinta a aquella en la que hemos vivido siempre requiere, ante todo, renunciar a determinados automatismos y estructuras mentales, abrirse a una nueva lógica. Nos hace tener que esforzarnos para saber cómo se dice algo, nos pone en la situación de no poder decir lo que queremos decir. También nos permite descubrir nuevas formas de relación entre las palabras, y entre las palabras y el mundo.
Por otro lado, la traducción también aporta su buen montón de preguntas: ¿Qué es lo que hace que algo signifique determinada cosa? ¿Qué mecanismo es el que está al fondo de lo que nos evocan las palabras? ¿Es común para todos? ¿A qué suena un idioma? ¿Cómo trasladar a música lo que connota un término? …
Todas estas cuestiones, una vez que una se las ha planteado, ya no se van. Nos acompañan también en el uso de nuestro propio idioma. Y eso es algo fascinante.

También has vivido fuera de España, en concreto en Francia y Marruecos. Cuando una mira con ojos de extranjera ¿le resulta más sencillo encontrar la inspiración?

            Cuando una vive fuera de su contexto habitual, desde luego tiene más a mano el asombro. La sensación de extranjería, de extrañamiento, nos ayuda a poner en cuestión lo que damos por indubitable: en un viaje una siempre descubre otras formas de hacer las mismas cosas, otros nombres para las mismas verdades. En un viaje (aunque sea prolongado, como este caso mío de Marruecos, donde viví un par de años) estamos más dispuestos a muchas cosas: a hablar con gente a la que no conocemos, a fijarnos bien en lo que vemos y apreciar su belleza o su contradicción, a disfrutar del tiempo sin tener en cuenta relojes ni normas, a vivir al máximo porque se vislumbra el final del viaje. Y sí, todas esas cosas me parece que están bastante relacionadas con la llama que anima el motor de la escritura.

En la misma línea de la anterior… ¿perdiste “chispa” “magia” al volver a terreno conocido, a España?

            Pues es que regresar también es todo un viaje. Para empezar, lo de “terreno conocido” es tan relativo… Una siempre vuelve habiendo cambiado en alguna medida, y además lo que se encuentra también es inevitablemente distinto a lo que dejó. Así que lo bonito es traerse a casa eso que se aprendió en el camino, esa forma de vida que tiene que ver con propiciar el asombro, el encuentro, lo inesperado. Mirar lo conocido con los ojos con los que miramos lo desconocido¡Ese sí que es un hermoso reto y un largo viaje!

  Y volvemos a las palabras. Dices:

Y la palabra es/como un juego de niños. ¿Así te lo tomas?

            Ha habido diversos filósofos y antropólogos que han explorado una idea muy interesante en este sentido: la seriedad del juego. Dicen algo así como que, cuando jugamos, nos tomamos el juego extremadamente en serio. Aunque sabemos que es una suerte de mundo paralelo, creemos profundamente en su verdad, nos tomamos con inmensa responsabilidad sus normas y sus consecuencias. Es por eso que invoca al inconsciente, a lo real, a la verdad. En el juego, nos entregamos: precisamente, lo que nos permite es hacernos entraren un “ahí” en lo que lo demás pierde consistencia. Nada nos importa tanto como el juego, cuando estamos jugando de verdad. 

Y al mismo tiempo, jugar abre un mundo de posibilidades que por supuesto no se quedan varadas ahí, sino que pueden llevarse al resto de la vida. Por ejemplo, yo que no soy precisamente un as de los deportes, jugando aprendí lo que cuentan los versos que siguen a estos que citas: “Y la palabra es / como un juego de niños: / cuando llegue a tus manos hay que abrazarla fuerte / y escaparse corriendo del enemigo. / Y luego, lanzarla a quien sepa / guardarla mejor. / A quien corra más”.
Así que sí, así me lo tomo… J

Fuiste una de las precursoras del Festival La ciudad en llamas. ¿Cómo está el panorama joven y cuál es ahora la salud de este festival en el ciclón crisis vs cultura?

            La Ciudad en Llamas es una iniciativa que puso en marcha el colectivo Hesperya, con el impulso inicial sobre todo de dos estupendos escritores y queridísimos amigos que son Alba González Sanz y Héctor Gómez Navarro. A ellos nos unimos puntualmente, en las distintas ediciones, otras personas, como yo misma o las poetas Sara Torres y Sofía Castañón. La idea era sobre todo crear un punto de encuentro para que poetas jóvenes de distintos lugares tuviésemos ocasión de conocernos, y también de conocer a personas ya con más recorrido en el oficio de la escritura que se animaran a acompañarnos. Como quedó dicho en el prólogo del catálogo de la segunda edición, nuestro deseo era “que quienes quisieran pudieran compartir un rato con un nutrido de compañeros de viaje en quienes confiamos porque en sus versos hemos encontrado correspondencia en los afectos, en la sensibilidad, en el uso acertado, sugerente y hospitalario de las palabras”.  Yo creo que en las tres ediciones del festival que ha habido por ahora, esto se consiguió de pleno. De esos encuentros, de las compañías que propiciaron, han nacido también muchas otras iniciativas, muchos otros trabajos en común, muchas amistades. En un tiempo que no pone fácil el dedicarse a estas cosas, sentimos que eso – la creación de espacios y redes- es lo que más puede ayudar en el camino. Este y otros encuentros (como Poesía en Resistencia en Granada, Versatil.es en Valladolid, Cercanías en Sevilla…) han cumplido en estos años maravillosamente con esa tarea, algo que no cabe sino agradecer.

¿Tienes presión de algún tipo después de los Premios de Poesía Joven Miguel Hernández y el Antonio Carvajal en volver a publicar. ¿Hay algo a la vista?

            Sí que hay algo a la vista ahora, y lo suficientemente a la vista como para poder contarlo ya con detalles. Hace apenas unos días entregué mi nuevo libro a quienes estarán al cuidado de su edición. Se trata de un trabajo que se llama Las señales que hacemos en los mapas, y que si todo va bien saldrá publicado la próxima primavera en la editorial sevillana Libros de la Herida. Es un poemario en el que he estado trabajando durante los últimos tres años, muy relacionado precisamente con esa experiencia del tiempo que pasé en Marruecos. Estoy muy contenta de que pueda ver la luz de la mano de esta editorial, coordinada por dos poetas (José María Gómez Valero y David Eloy Rodríguez, del colectivo La palabra Itinerante) con quienes es un privilegio poder trabajar. Un manera estupenda de que esa posible “presión” por la que me preguntabas no sea nada oscuro ni negativo, sino la luminosa responsabilidad que conlleva formar parte de un proyecto que admiro muchísimo, y de una colección integrada por autores que me encantan, como Pedro del Pozo, Juan Antonio Bermúdez o Alberto Porlan. Trabajar así, tener esa posibilidad, ese regalo y esa suerte, no da más que orgullo y alegría.

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